Teófilo Naranjo

Son las once de la mañana en Tárcoles y frío de la madrugada murió desde los primeros rayos de luz.

Al llegar, Teófilo sale al encuentro con una pantaloneta café, tenis, medias blancas que llegan hasta la mitad de su pierna y una camiseta negra con un logo grande que dice CoopeTárcoles.

Después de una charla corta de lo que íbamos a hacer, nos dirigimos a la playa donde hay muchas lanchas. “Esta es mía”, dice, mientras extiende una invitación para sentarnos dentro de ella.

Sentado, con una pierna subida en la lancha y viendo hacia el mar, nos cuenta su historia.

Cuando era joven – hace unos 40 años – no había comercio de pescado en la playa que hoy ve inundada de lanchas. Si se antojaban, salían, “echaban una cuerda” y sacaban solo uno de la especie que fuera. La cocinaban y se la comían.

Después de algunos años de crecimiento de población, y de malas experiencias con los intermediarios que comenzaron a comercializar el pescado, don Teófilo pensó en eliminarlos. Decidió crear una cooperativa con 12 personas. “Habían más, pero el resto no creía”, dijo.

Las lanchas a remo de la época no les permitían llegar más allá del kilómetro dentro del mar, pero según cuenta, conseguían muchísimo producto. Mismo que vendían a un colón por kilo.

Poco a poco fue creciendo la cooperativa, y con eso los problemas. “Nos cayó el Ministerio de Salud”, para hacer las cosas más higiénicas para el manejo del producto.

Hoy, a sus 81 años, él es el último que queda vivo de los primeros 12. Algunos murieron en sus misiones de pesca, otros por causas naturales.

Cuenta don Teófilo que una vez casi muere mientras pescaba. “Se nos ocurrió irnos, echar hielo en la hielera e irnos casi llegando a Quepos. Teníamos dos días de estar ahí y no salía nada, pero apenas estábamos comenzando”.

Cuando menos lo pensaban se les vino encima una tormenta eléctrica, de esas que enojan al mar. Comenzó a eso de las cinco de la tarde y seguía fuerte a las once de la noche. “De aquí no salimos”.

Se fue hacia la proa, levantó sus manos al cielo y le rogó a Dios que lo sacara de esa, y que prometía no volver más ahí. “En media hora se quitó el viento, se quitó la lluvia y el mar quedó tranquilo”.

Según cuenta, fue una de las experiencias más impactantes de su vida. Hoy recomienda no ir a navegar a ese sector.

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