Martín Morales

Creció entre redes y peces. Su juventud la vivió entre ir al colegio e ir al mar con su papá, quien lo llevaba a pescar desde que tenía 16 años.

Él se llama Martín Morales Rosales, y lleva más de la mitad de su vida pescando.

Su juventud fue como la suya y la mía, con altos y bajos, con errores y lecciones. Sus malas decisiones lo llevaron a ser preso del alcohol y las drogas por un tiempo. Malgastó el dinero que se ganaba pescando.

Su vida era desordenada y la pesca era lo único que lo mantenía a flote en una realidad que agobiaría a cualquiera. Sin embargo, Martín narra que algo en su vida cambió. Conoció a un hombre que le presentó a otro, llamado Jesús, y a partir de ahí dio un giro a su manera de ser.

Hoy, Martín es un hombre casado y con dos hijas, con un trabajo que día a día cuida para que le dé de comer a él y a los suyos.

Su vida fuera del trabajo la dedica a ayudar a otros, para eso vive. Es pastor de una iglesia, por lo que ayuda a las personas a seguir un “camino correcto”, como él mismo lo dice. Ofrece ayuda a jóvenes para que no sigan los mismos pasos que él siguió.

Se levanta a las 5:45 de la mañana, hace el desayuno en la casa y, si la pesca no se lo roba, va a dejar sus hijas al colegio. Dependen de la marea para pescar, por lo que a veces inicia labores a la 1 de la mañana.

Comienza la jornada de pesca alistando su embarcación y el equipo necesario para sus labores, después van a cargar hielo y de ahí se dirigen al mar.

A partir de ahí, inicia la aventura.

Muchas veces pescan a oscuras, durante la calma de la noche. Si encienden alguna luz, el animal se va. Deben ser cuidadosos y confiar en sus instintos y conocimiento para poder atrapar el pez.

 

“Es muy emocionante”, dice Martín con una evidente expresión de alegría. “Cuando la red se llena de sardinas, los pescadores en el barco comienzan a gritar de la satisfacción”. Esa satisfacción que les dice que tendrán producto y podrán vivir un día más.